Cansada
de caminos doloridos,
Contemplando
las alegres golondrinas
Volando
sobre el poderoso mar,
Creyendo
en los horizontes del más allá.
Sonidos
silenciosos,
Callados
cuando suenan las palabras,
Penetraron
en mi casa abandonada,
Cuan
brisa fragante de madrugada.
Intento
el olvido con la evasión,
De
las amarguras de la realidad,
Buscando
el manantial de aguas claras,
Amansando
la zozobra de la inquietud.
Corazón
marchito y triste,
Herido
con la decepción,
Ábrete
con la luz dorada del alba,
Deleitándote
con la música encantadora
De
los almendros en flor.
Lucero
que en ningún amanecer
Dejas
de vigilarme,
Como
un jardín adormecido permaneces,
Esperando
que las flores abran sus perfumes.
He
escrito ya tantas páginas en mi libro,
Tristes,
alegres, limpias, claras,
Otras
más oscuras y borrosas,
Dejando
en blanco las más poderosas.
Ahora
escribiré la más bella,
Sincera
y sentida,
Para
dejar reflejada en ella,
La
vida que no ha sido perdida.
¡Cuántas
heridas en el camino!
¡Cuánta
sangre las amapolas manaron!,
señales
que marcaron el destino,
dejando
el corazón desgarrado.
Dolores
del alma,
Con
gemidos ignorados,
Gotas
de lágrimas los engendraron,
Como
torrentes insondables de dolor,
Marcando
la pena y el desamor.
Peregrina
en este mundo,
Levantando
los ojos en busca de luz,
Con
nostalgia y anhelo,
Pero
no descubro, ni entiendo los misterios.
¡OH
alma mía!,
en
continua melancolía,
como
suspira hallar la sabiduría,
para
descansar el espíritu de la agonía.
